jueves, 1 de marzo de 2012

Sobre las lecturas y el PLC (I)

Hace escasamente tres semanas se aprobó en el claustro por unanimidad la puesta en marcha de un Proyecto Lingüístico de Centro (PLC) con la intención de mejorar la competencia lingüística de nuestro alumnado. El Proyecto ha de concretarse en torno a varias líneas, una de las cuales es, a mi parecer, las lecturas "obligatorias". Me parece uno de los puntos clave de nuestro sistema educativo, y lamentablemente no siempre se le otorga la atención debida. Siendo yo alumna, más de una vez me examiné de libros de lectura de los que jamás habíamos hablado en clase, exceptuando el día en el que el profesor dio el título. Me gustaría (aquí debe leerse: "espero tener tiempo para") abrir con esta entrada una serie en la que poder exponer cómo mis alumnos trabajan las diferentes lecturas sin tener que examinarse de ellas. De momento, me gustaría reproducir aquí un comentario que una alumna de 2º de Bachillerato ha dejado en el blog de Elías Gómez - blog que aprovecho para recomendar encarecidamente. Como dice Elías parafraseando un capítulo de los Simpson: si todos los alumnos fuesen como ella, no necesitaríamos el cielo... ya viviríamos en él.


Soy alumna de segundo de bachillerato, y apasionada de los libros. Los devoro, y leo hasta desgastarlos. A veces, me contento con simplemente sentarme delante de la estantería y contemplarlos, recordando lo que sentí al leer cada uno de ellos, cada personaje, cada historia. Defiendo firmemente el libro de papel, el acariciar el lomo en profunda concentración, el aferrarse a las páginas en los momentos de mayor tensión, el no dejar de leer hasta no llegar a una página que termine con un punto…

Sin embargo, mi comentario va dirigido a las “lecturas obligatorias” de colegios e institutos (remarco las comillas, ya que lo que es obligatorio realmente es la visita a El rincón del vago por parte de gran parte de los estudiantes). Creo firmemente en el fracaso de este sistema. Una minoría sí que aprovecha estas lecturas, pero el sentimiento general es de rechazo. Precisamente por la obligatoriedad de la situación. Y los fatídicos controles de lectura. Pocas cosas son tan angustiosas como enfrentarte a un tomo del Quijote, sabiendo que -además de los múltiples exámenes que tienes ese mes- debes leer esa historia en español antiguo y arcaico, en un tiempo limitado, presionado por el deber de completar un trabajo, o acordarte de todos los personajes y situaciones para el examen. Desde pronta edad -al menos en mi caso- me han obligado a hacer las tortuosas fichas de lectura que me hicieron aborrecer los libros que me prestaban en el colegio. Poco después, en el instituto nos hacían leer libros de dudoso interés para mocosos de 12 años acostumbrados a la televisión, internet y videojuegos. Mi estantería consta de dos partes: las lecturas del instituto, libros seminuevos, leídos quizá dos veces con vistas a un examen; y MIS libros, desgastados por el uso, aprendidos de memoria con una sola lectura, leídos y vividos, recomendados, prestados, alabados…

Me estoy enrollando mucho, y la idea es simple. ¿Los jóvenes leen? No voy a entrar a discutirlo. Pero -quitando algunos afortunados casos, como el mío, en el que me lo inculcaron en casa desde que nací- nadie nos enseña a amar la lectura. Nos enseñan a tragar un texto, y a escupirlo sin digerir, como afirmaba Montaigne.

¿Queremos que los jóvenes lean? Sí. ¿Por qué no lo conseguimos? Porque imponemos (se nos impone, más bien) libros que no captan la atención. ¿Cómo conseguirlo? Seguro que si se propusiera como lectura opcional -a defender oralmente, en un debate, por ejemplo- “El señor de los anillos”, “Crepúsculo” o “Harry Potter”, el porcentaje de participación sería mucho mayor. ¿Realmente importa que sea literatura española o traducida? Bueno, propongamos lecturas españolas “El origen perdido”, de Matilde Asensi; “La sombra del viento”, de Carlos Ruiz Zafón, “La sangre de los inocentes”, de Julia Navarro… Si me hubieran pedido leer alguno de ellos en el instituto, habría realizado los trabajos con el doble de entusiasmo.